¿Te pasa?

Estos textos ponen palabras a algunas de las experiencias que suelen aparecer en los procesos terapéuticos.

1. No estoy mal, pero tampoco estoy bien

“No estoy mal”, dice alguien que viene a mi consultorio. No hay una crisis, no hay un motivo puntual, no hay un motivo de consulta.
La vida sigue funcionando. Y sin embargo, algo me hace ruido. Las cosas están en aparente orden, pero ¿realmente estoy allí? Como si el cuerpo estuviera cumpliendo y algo interno quedara un poco atrás.

No estar mal no siempre significa estar bien. A veces es simplemente sostener. ¿Sostener qué? ¿Para qué?

El espacio terapéutico puede ser un lugar para detenerse y mirar eso que no es un problema claro, pero tampoco es bienestar. Un lugar donde no hace falta justificar lo que se siente para poder escucharlo.

Si algo de esto te resuena, quizás sea un buen momento para conversarlo.

2. El cansancio que no se va durmiendo

¿Cómo puede ser que duermo, freno un poco, me tomo un día y mi cuerpo sigue pesado? La respuesta viene en otra pregunta: ¿será solo físico? Tal vez sea un cansancio que tiene que ver con sostener demasiado tiempo, con adaptarse, con seguir cuando algo ya viene pidiendo pausa.

A veces el cuerpo se cansa antes de que podamos identificarlo. Y entonces aparece esa sensación de arrastre, de falta de energía, de desconexión.

Escuchar ese cansancio no implica dejar todo, sino empezar a preguntarse qué está siendo demasiado y qué necesita ser mirado con más cuidado.

Si algo de esto te resuena, quizás sea un buen momento para conversarlo.

3. Cuando el cuerpo habla y no sabemos escucharlo

¿Qué me está pasando? A veces el cuerpo empieza a decir cosas antes de que podamos pensarlas. Un dolor que aparece sin motivo claro. Una tensión constante. Un cansancio que no estaba ayer.

Muchas veces intentamos seguir como si nada, “avanzar” un poco más, acostumbrarnos.
La cabeza busca explicaciones, pero el cuerpo insiste.

¿Cómo se escucha eso que aparece? ¿Qué me está queriendo decir mi cuerpo? El cuerpo no habla con palabras claras, lo hace a partir de sensaciones, con ritmos, con límites que se van marcando solos.

En un proceso terapéutico, escuchar al cuerpo no es interpretarlo ni corregirlo, sino darle espacio. Frenar un poco. Registrar. Ver qué está pidiendo sin apurarlo a cambiar. Empezar a escuchar ya es un primer movimiento.

Si algo de esto te resuena, quizás sea un buen momento para conversarlo.

4. Por qué me cuesta tanto poner límites

¿No pongo límites porque me cuesta decir que no, o porque no registro qué es lo que quiero? Hay personas que se dan cuenta tarde de que algo les molesta. Entonces el cuerpo ya está tenso, el cansancio aparece, la irritación se acumula.

Los límites no siempre fallan por falta de voluntad. A veces fallan porque no hubo espacio para escucharse antes.

En terapia, el trabajo con los límites puede empezar por algo muy simple: volver al propio ritmo, registrar sensaciones, notar cuándo algo empieza a correrse de lugar.

¿Y si pensamos los límites como un autocuidado?

Si algo de esto te resuena, quizás sea un buen momento para conversarlo.

5. Cuando el cuerpo se adelanta a la cabeza

El pecho apretado.
La respiración corta.
La inquietud sin causa aparente.
La cabeza intenta entender, controlar, anticiparse.

Pero el cuerpo ya está reaccionando.

¿Y si en vez de buscar callar eso que me pasa, intento escucharlo?
Qué ritmo se está sosteniendo. Qué exigencia está operando sin descanso.

El espacio terapéutico puede ser un lugar para desacelerar un poco ese adelantarse constante y empezar a habitar el presente con más apoyo corporal.

Si algo de esto te resuena, quizás sea un buen momento para conversarlo.

6. Cuando sentirse insuficiente se vuelve una forma de estar

Sensación de no poder. No poder del todo, no poder como se espera, no poder sin esfuerzo. Aún cuando hacen, avanzan o sostienen, algo adentro queda corto, como si nunca alcanzara.

Sentirse insuficiente muchas veces no aparece como un pensamiento claro, sino como una experiencia constante: la exigencia que acompaña, la dificultad para descansar, la sensación de estar siempre llegando tarde a algo.

No poder no siempre significa incapacidad. A veces tiene que ver con cargar demasiado, con exigirse sin pausa, con sostener una imagen de sí que deja poco margen para fallar, frenar o pedir.

El cuerpo suele ser el primero en mostrarlo: cansancio que no se va, tensión, malestar difuso. Como si algo pidiera aflojar antes de poder decirlo con palabras.

El espacio terapéutico puede ser un lugar para detenerse y empezar a escuchar esa experiencia. No para forzarse a poder más, sino para preguntarse qué se está pidiendo todo el tiempo y desde dónde.

Si algo de esto te resuena, quizás sea un buen momento para conversarlo.